Hace unos días viajé en el tiempo. Jamás creí que fuera posible.
Me monto en el carro, enciendo el radio y arranco. No se siente cuando se viaja en el tiempo. Es que no es a voluntad. Es un viaje astral involuntario: uno se da cuenta ya cuando ha llegado.
La voz. Fue la voz primero.
Una mujer delgada, de cabello rizado. Habla de crónicas y de cómo escribirlas. Ella es experta y, además de dar muchos consejos, dice que ahora mismo está trabajando en una crónica sobre un músico enigmático. Lo acompaña en la preparación para uno de los conciertos más importantes de su carrera. Da pistas, pero no detalles.
El moderador de la charla le pide, le insiste, que por favor le diga a ella y a la audiencia quién es este hombre.
Ella responde tres veces que no puede decir nada.
Siento un escalofrío por dentro, exactamente en el estómago. Las manos se me ponen frías y sudan al tacto con el volante de cuero negro. La mente se me para por unos segundos.
Ríen. Leila y el hombre. La audiencia también.
Ahora lo entiendo.
Lo veo todo a través del parabrisas cristalino. He viajado en el tiempo. Viajé al pasado.
Los nervios se incrementan y las alertas se encienden.
¿Soy del futuro acaso? ¿De dónde vengo? ¿Dónde estoy? ¿Soy como América Chávez?
—¡El músico es FITO PÁEZ! —grito fuerte.
Muevo las manos como si estuviese gritándole a un conductor estúpido. En ese momento, un venado se atraviesa en la carretera y me hace frenar en seco.
—¡No me verás arrodillado! —vuelvo a gritar—. Así se llama la crónica. La encuentran en Gatopardo. Usen el teléfono.
Nadie escucha. Están hipnotizados oyéndola, y no los culpo.
Yo la leí hace apenas unos días, en mi clase de periodismo narrativo con la Universidad Portátil. ¿Cómo es posible que ellos no sepan?
Leila Guerriero ríe y continúa explicando por qué no le gusta el periodismo gonzo. Yo ya no escucho más porque he entendido que puedo viajar en el tiempo.
¿Qué hago?
¿Juego la lotería? ¿Retiro ese “Te amo”? ¿Boto el chocolate que me hizo ganar cinco kilos? ¿Reescribo el último párrafo de la crónica que mandé como documento final, que me pareció fatal? ¿Evito la pelea con mi mamá porque no la llamé? Oh, ya sé: evito contar ese chiste en la oficina, ese que a nadie le dio risa. ¿Cuánto más atrás puedo viajar? Será que… No, no. Es que no. Eso es delito.
¿Qué hago con todo esto?
Detengo el carro.
El venado se toma su tiempo para cruzar la calle. Me ve, me mira fijamente. Quiero tomarle una foto porque tiene ojos de persona humana. Saco el teléfono y, en la pantalla, antes de buscar la cámara, lo veo.
Y entonces todo tiene sentido.
Ahí mismo, debajo del símbolo rojo, una fecha:
Sept. 2018.
Hace ocho años.
Se ha creado una paradoja.
Yo ya leí la crónica. Salió el 14 de marzo de 2019. Yo vivo en el 2026.
El venado termina de cruzar la calle. No pude tomarle la foto, pero ya ha dejado el camino libre.
Puedo seguir, quedarme aquí o retroceder.
Bajo el vidrio de la ventana, dejo que entre el aire y entiendo.
Entiendo que puedo moverme en el tiempo a placer.

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