Oliveira es un snob.
Cierro el libro. Respiro profundo. Rayuela, después de todos estos años, a los treinta y seis. Abro el segundo. Este tiene colores caribeños en la portada, un hombre con sombrero de paja y el título: Bad Bunny y la música como un acto de resistencia.
Me pregunto, ahí en la silla: ¿qué pensaría el Club de la Serpiente de Bad Bunny?
Cortázar, bueno, no él, sus personajes, forman parte de un club que decide qué es el arte. Se reúnen en apartamentos oscuros y sucios de un París que ya no existe, beben licor, ceban mate y, sobre todo, juzgan. Cada pieza de pintura, poesía, novela o música es diseccionada hasta el final. Claro, todos excepto la Maga, quien se deja llevar sin entender mucho. Es por ello que siempre es la más subestimada del grupo. Está ahí porque Oliveira finge quererla.
El Club de la Serpiente tiene el nombre bien puesto. Sus miembros son bastante venenosos y, bajo la luz de las velas, con música de fondo en un tocadiscos viejo, se sacan las inseguridades, filosofan sobre lo que es y no es la vida, sin salir a vivirla de verdad.
¿Qué diría el Club si escuchara Tití Me Preguntó?
Horacio odiaría las formas no metafóricas de la letra. Etienne argumentaría sobre el cambio de estilo estético del seudoartista. Ronald y Babs quizá explorarían el sexo al ritmo de la canción. Y la Maga, por supuesto, danzaría sin parar alrededor de la habitación, mientras Gregorovius la mira y pretende interesarse.
Hoy ese club sigue existiendo, pero ha tomado otra forma. Ya no vive dentro de un libro que tiene dos formas de lectura, sino en nuestras manos las veinticuatro horas del día. Son esas personas sin rostro que viven en los comentarios de X, los influencers en los reels de Instagram o en los videos de TikTok, y que masivamente deciden qué es arte y qué no, quién lo entiende y quién no, y lo que es peor el mundo los escucha.
Bad Bunny es el Rocamadour que nadie esperaba. Rocamadour rompe la estabilidad de un grupo que cuelga de un hilo. Es un bebé que llora, pide, tiene hambre, necesita y no pide permiso para existir. Bad Bunny produce un efecto parecido. Obliga a olvidar la teoría y a devanarse los sesos tratando de entender por qué mueve a tanta gente. Por qué millones encuentran placer en sus canciones supuestamente vulgares y planas. El problema nunca fue el tipo de música, sus letras, cómo se ve el artista.
El problema fue que el placer no pidió permiso. La Maga nunca necesitó demostrar que entendía el jazz.
Quizá por eso el Club de la Serpiente siempre confundió el conocimiento con la sensibilidad. Quizá por eso los eruditos de X, TikTok e Instagram están tan ocupados haciendo videos para demostrar que entendieron la obra, que se les olvidó algo mucho más sencillo: sentirla.
Rayuela reposa en mi biblioteca, en la sección de libros terminados. Con sus pasajes hermosos y sus formas psicodélicas. También están Dan Brown, Uketsu, Han Kang, Borges y García Márquez. Ninguno pidió permiso para hacerme sentir algo. Todos existen en ese universo complejo donde pueden concurrir.
No sé qué dice X, Instagram o TikTok de esos libros. Tampoco me interesa.

Leave a Reply